Ernesto quedó aquella tarde con Ganímedes22 tan sólo por los dibujos que éste guardaba colgados en su perfil. Tras la habitual colección de penes pasados de moda y traseros expuestos, apareció aquél rincón de arte, como esperando a que alguien valorase lo que Jaime, que tal era el verdadero nombre de Ganímedes, allí había dejado reposar. Dibujos y más dibujos de una estética cuidada y personal que sugerían a Ernesto más de lo que podía verbalizar sobre su propia experiencia vital, sobre sus deseos y carencias, sobre sus satisfacciones e insolvencias. Ni una foto de Jaime, argumentando su timidez y el encanto de negar a la vista lo que disfruta el oido.
Para el encuentro, y tras un par de días de interesantes y (a ratos) húmedas conversaciones, Ganímedes sólo puso una condición: debía darse en un bar de su elección. Así es que allí se presentó Ernesto, acompañado de su bolso y su inocente esperanza de haber encontrado por fin a alguien que le devolviese esa ilusión que ya ni recordaba haber perdido.
Se secó el sudor, comprobó en el cristal de la puerta que su pelo permanecía en el lugar correcto y se adentró en aquél lugar.
Nada más cerrar la puerta, el olor y los murmullos y la falta de luz sugirieron a Ernesto un lugar repleto de historias, algunas muy antiguas y otras no tanto, vividas entre vino y sigilo. La poca luz del local provenía de tenues bombillas, como las de los árboles de navidad, que brillaban en azul por unos techos cargadamente decorados a base de oscuras telas. La música sonaba a ritmo de bolero. El camarero, un chico corpulento bajo un delantal negro sobre camisa blanca, de rasgos tan necios como atractivos. Los clientes eran pocos, pero Ernesto no tenía forma de reconocer a su acompañante, por que lo que fue sacando el móvil mientras tomaba asiento. Una voz interrumpió su llamada:
-No hace falta que llames; soy yo.
La voz provenía de quien antes ocupaba el rincón más oscuro de la sala, un sillón solitario junto a los baños. La capucha de su chaqueta permitía, pese a todo, intuir una sonrisa amable.
-¿Jaime?
Cuatro semanas después de la última visita, aquel bar no dejó de echar de menos a pareja tan singular. Tras aquel encuentro accidentado, cuándo se defraudaron las expectativas que ambos crearon sobre lo no hablado, las recargadas paredesdel local oyeron disculpas, besos e incluso algún gemido que se zafaba de cuando en cuando (cada vez que, en un abrazo distraído, Jaime acariciaba el cuello de Ernesto con su mentón barbado).
Ernesto sentía que, por fin, sí. Jaime, por su parte, aceptaba el cariño que necesitaba para remendar su alma rota, y reconocía que lo que con Ernesto sentía era la razón ultima por la que había comenzado su huida. El bar ganaba otra historia y, el camarero, su jornal. Una luna entera duró el encantamiento hasta que, caida la luna, se desveló la noche:
- ya no puedo más. Voy a volver... es lo mejor.
Ernesto entendía las palabras, pero no podía creerlas. Esa es la naturaleza de lo injusto: que no debería existir y, por eso, cuesta ser aceptado. Ernesto había dado su confianza, su ternura, y ahora se sentía como quien arregla coches de lujo sabiendo que nunca podrá tener uno, y los devuelve a su descuidado amo; como el lunático que desea a la luna sabiendo que ella cree depender del abrasador sol para existir. En la voz de Jaime no se oía a Jaime, sino veneno inyectado cuidadosamente; lo más doloroso fue reconocer que aquél veneno fue suministrado a la luz de todos, ante ojos que no quisieron ver y no supieron cuidar.
La indignación le levantó rápidamente de aquél sillón del rincón, junto a los baños, dejando a Jaime atrás. Pero ahora la melancolía le devolvía allí a cada segundo. Volvía, y Jaime ya no estaba. Llamaba, pero nadie respondía. Ahora Jaime tenía a alguien "mejor" donde estar.
La indignación le levantó rápidamente de aquél sillón del rincón, junto a los baños, dejando a Jaime atrás. Pero ahora la melancolía le devolvía allí a cada segundo. Volvía, y Jaime ya no estaba. Llamaba, pero nadie respondía. Ahora Jaime tenía a alguien "mejor" donde estar.
En medio de la tristeza de quien se sabe rechazado y sustituido por un corazón con quien encaja nanómetro a nanómetro, por alguien irremplazable, incopiable e irrepetible, Ernesto se sentaba a la barra, desde donde se veía el viejo sofá, y -esperando lo prudente para no ser echado- pedía al camarero una y otra vez una única canción...
No hay comentarios:
Publicar un comentario